20071222

La maldición de la Soledad.

La soledad es una condición inexistente, nunca estamos absolutamente solo, ni aun cuando nos auto-imponemos un exilio. Sin embargo es un fantasma que suele corroer lamente de los seres. Por eso es que algunos se aferran desesperadamente a las personas, temiendo que todo el mundo se fuera a desvanecer. Y como todo fantasma mientras mayor es el miedo más real parecen ser. Tales personas no acostumbran jamás estar consigo mismos y difícilmente se detienen a escucharse. Entonces nada parece tener sentido y huyendo de los espectros se alejan de toda compañía.

Se llamaba soledad y creía que esa era su maldición. Pero en los años de luchar contra ella creía haber encontrado un remedio, ya no lloraba las ausencias ni soportaba interminables duelos, sencillamente no dejaba que jamás nadie le haga un nido en su almohada.

Visitaba el bar de los rufianes melancólicos, desde mucho tiempo en que yo llegara una noche hace tiempo. Todos la conocían, todos sabían su historia porque que todos, menos el vasco, habían pertenecido a ella. Era una bella mujer, desplegaba cuando así lo deseaba su sensualidad como los pavos reales despliegan su colorido y complicado entramado cuando desean aparearse. No era de los clientes asiduos, pero como un cometa cada tanto dejaba ver su brillo a las espectros del bar. Entonces escogía una victima, la envolvía en su telaraña y se marchaban juntos del lugar. Nadie decía nada de ella, cada uno guardaba el secreto dentro de su corazón, sin embargo cada vez que entraba una similitud en las miradas, un gesto repetido en cada uno de ellos, demostraba que también habían compartido por una noche su soledad con ella.

Por supuesto que esto lo supe mucho después, no antes de haber sido uno más pude completar su historia y comprender su existencia.

Hacia muy poco tiempo que había anclado en aquel antro, era un día especialmente gris y bastante carente de personas interesantes dentro del recinto. El vasco espantaba las moscas con su repasador mientras silbaba un tango inventado y otros dos intentaban darle a la bola sin que su borrachera se lo permitiera. El aire como siempre estaba rancio, pero esa tarde el clima hacia que fuera especialmente denso. Yo garabateaba ideas en una hoja envejecida intentando encontrar la inspiración necesaria para vomitar las palabras justas que me permitieran concluir mi encargo.

Entonces cuando la octava campanada de la catedral anunciaba su hora, ella entro por el resquicio con una brisa que esparció su perfume en todo el salón. Levante la mirada en dirección a la puerta y un efecto de la luz casi menguante del día y la oscuridad del bar retrato su figura en mis retinas. Su mirada no me correspondió, indiferente se encamino a la barra y sonriéndole al vasquito pidió lo de siempre. Pobre cantinero su deseo le hacia creer que su condescendencia le había cohabitar su lecho algún día, pero la dama de negro era muy selectiva, jamás permitiría que un rostro familiar paliara sus ardores.

Con esfuerzo me libre de sus imagen para retornar a mi hoja vacía y mi botella a medio llenar, mas luego de un rato sentí su mirada calcinando mi nuca, un cosquilleo recorrió toda mi espina dorsal, obligándome a torcer mi postura y buscarla. Ella permanecía inmutable deglutiendo su cena y macerándola en su boca con un vino barato, mientras sus ojos me escrutaban penetrando mis ropas y carne. Una corriente invisible partió desde ella hacia mi, y me sacudió cada nervio, como un estúpido no pude evitar ruborizarme y obligue a mi cuerpo retomar su postura.

Lejos de poder concentrarme en la historia que intentaba plasma mi mente se pobló de su figura, así me vi retratando burdamente su silueta desnuda y deseándola. El ardor del deseo se apodero de mi cuerpo y por ello me vi yendo hacia ella e invitándola con una copa del mejor vino que aquella pocilga podía tener. Su sonrisa dilapido mi cordura, no dijo nada más y yo ya me encontraba sometido a sus pies. Balbucee el pedido al cantinero, quien me miro con todo el odio que nacía de sus ser, pero su alma comerciante le obligo a mi servidumbre.

Comencé a decir estupideces, mi mente no podía encontrar palabra alguna para elaborar una frase inteligente, ella no hacia más que sonreír, con lo cual me embriagaba más en mi locura. Por un instante creí perder su atención cuando entro otro parroquiano al ambiente, pero entonces por primera vez dije las palabras que me abrirían el acceso a muchos lechos.

- Soy escritor…-

Entonces sus ojos se posaron en los míos vertiginosamente, de haber sabido interpretar los iris había tenido suficiente como para poder conocer toda su vida a través de aquella ventana que se asomaba a mi mundo, sin embargo estaba demasiado borracho entonces y demasiado enloquecido como para leer su maldición grabada en su mirada desahuciada. Seguimos diciendo palabras sin sentido durante otra botella más y entonces cuando la oscuridad era un manto suficiente como para devorar dos figuras tambaleantes marchamos hacia su cubil.

Al aire y el contacto con sus labios incendiaron mi razón, no recuerdo exactamente como llegamos hasta su cama, solo permanece en mi ese ardor y intenso deseo que se apodero de todo mi ser. Sus gemidos me acompañaron durante muchas noches solitarias desde aquella vez, y el aroma de su cuerpo aun perdura en el lugar que el olfato registra su historial. Hasta entonces creí haber estado con las mejores, creí haber conocido la lujuria, pero ella me demostró que es cierto la frase aquella “solo se que no se nada”.

El alba despuntaba cuando me rendí exhausto a su lado exhalando mi suspiro final, de haber tenido un poco más de fuerzas hubiera visto en su mirada la misma expresión que el hombre que trajo la tormenta portaba.

El ruido de un microondas me despertó ya entrado el mediodía, abrí los ojos y la vi yaciendo a mi lado, sentí entonces que una pared de hielo se imponía entre nuestros cuerpos. Y antes de que intentara derretirla una niña de escasos 10 años entro en la habitación. El pudor me devolvió un poco dominio sobre mi ser, mas ella sin hacer caso de mi presencia camino hasta el bolso de Soledad tras hurgar en él se llevo lo que quería. Un solo segundo nuestras miradas se cruzaron y mi alma se conmovió por primera vez, luego miro a su madre que no daba señales de haberse dado por enterada y abandono el lugar. Yo permanecí allí extrañado, hasta que oí la puerta cerrarse. Entonces me levante, tome mis ropas y tímidamente recorrí el lugar. Encontré el santuario de la pequeña, donde una foto de su madre se hallaba rodeada de dibujos infantiles sobre una niña un hombre y una mujer. La figura de la niña y la mujer permanecían imperturbables en cada retrato, sin embargo la otra presencia era notablemente diferente en cada caso.

No se aun porque, pero rebusque en mis bolsillo y deje allí junto a al foto, todo lo que llevaba conmigo, luego me marche.

Volví a ver a Soledad unas cuantas noches después de aquel día, sin embargo ya no sentí su mirada en mi nuca, ni disfrute su sonrisa. El vasco una tarde a regañadientes se sincero conmigo y me comento el misterio de la mujer llamada Soledad y su batalla contra la maldición.

20071219

Alegoría de la mesa.

Había una vez una sala con seis personas en torno a una mesa. Ninguno sabia que los había reunido, ni que se suponía debían hacer. Al principio se impuso un incomodo silencio, mas luego como una explosión comenzaron todos a hablar al unísono. Cada uno hablaba de un tema diferente monologando, como tratando de imponerse al resto. Uno hablaba de amor, otro de dolor, un tercero de dinero y así el resto de soledad, muerte y locura. Poco a poco las palabras fueron surtiendo efecto, algunos cedieron y otros se impusieron entrelazándose en diálogos dispares.

El hombre que hablaba de dinero deseaba el amor, por ello comenzó a seducirle, mientras la locura acechaba la conversación metiendo bocados entre silencios. En otra parte de la mesa quienes hablaban de soledad y dolor habían confraternizado, ambos intentaban darse ánimos sin grandes resultados pues cada palabra se les volvía adversa. La hermosa dama que había hablado de muerte les miraba interesada.

El amor en poco tiempo comenzó a aburrirse de los ardides del dinero y envalentonada por las palabras de la locura lo mando al cuerno. Este enfurecido a causa de la intromisión de la locura, tomo al amor por la fuerza y le escupió ala cara algunos improperios. La locura intento interponerse a ambos pero solo empeoro las cosas, lo mismo ocurrió cuando el dolor quiso ayudar. El que hablaba de soledad se quedo en silencio admirando el amor que irradiaba belleza desde su postura de victima del dinero y este ultimo les amenazo a todos para que ya no intervengan.

Entonces la muerte susurro algo al oído de la locura, quien compartió una mirada de complicidad con el dolor. Así este aferró fuertemente al dinero, al tiempo que el otro arrancaba de sus manos al amor. La muerte resolvió llevárselos a ambos de aquella sala para que ya no haya disputas y quedaron confusos, en silencio el dinero, el dolor y la soledad.

20071216

Para la dama de fuego

La palabra demonio cobraba otro significado al conocerla.

De tomar avatares los elementos ella hubiera sido escogida por el fuego.

Candente, vivaz e intensa, penetrante, mística y brillante era.

Al contacto con ella el mundo se marchitaba al tiempo que cobraba vida.

El era cambiante como el viento, a veces calmo otras inquieto.

Podía pasar de ser calido a helado y cortante como el acero.

Jamás tenia rumbo, sus pasos iban buscando nuevas huellas.

Los seres se agitaban con su presencia, pero nunca se detenía a descansar.

Hasta que él la vio danzando en la oscuridad de una noche silenciosa

Ella acelero su ritmo al sentir el tacto del joven viento.

En ese lugar brillo un sol en la negrura y el aire se torno melodía viviente.

Durante un segundo sus cuerpos compartieron el espacio

La llamarada fisuro el tiempo para siempre, hubo un antes y un después.

Luego el joven comenzó a elevarse por los cielos

La dama de fuego se expandió abarcando el mundo entero

Un segundo que duro eones en la vida de los mortales

Fuego y viento coexistieron danzando el uno con el otro desde lejos.

Pero la doncella agoto todas sus fuerzas en su eterna danza

Y el siguió ascendiendo hasta que se perdió del mundo

Dicen que en algún lugar ella expiro dejando sus cenizas

Y cuando el viento regrese de sus viaje por el universo

Como un fénix renacerá para comenzar la cuenta del tiempo.

Capitulo 5 - Ritual

Los rituales son sucesiones más o menos metódicas de acciones predeterminadas, con el tiempo muchos de ellos se vuelven parte de nosotros mismos de una forma que jamás logramos comprenderlos como tales. La liturgia se rodea de cierta mística, invocando a la magia no de forma azarosa, pues es de esta forma en que en los albores de la humanidad las cosas se llevaban a cabo. “Los ritos son necesarios” le dijo el zorro al principito refiriéndose a que en nuestra vida necesitamos cierta repetición de pasos, cierta familiarización para proceder. La rutina diaria es en esencia un ritual pese a que mayormente se vuelva tediosa y monótona, la consecución de las actividades repetitivas nos ayuda a acostumbrarnos y aprender, lo importante es quizá resignificar cada una de nuestras acciones.
El amor es el resultado de un ritual, de la domesticación y como toda ceremonia adquiere algo de magia. Dicen los que creen, que si uno lleva correctamente acabo el ritual, el hechizo dura para siempre, en la practica es difícil de comprobar, porque aun cuando he conocido amores duraderos, jamás he conocido nadie que viva eternamente. Sin embargo he de decir que es muy posible que para algunas personas, para quienes el tiempo no es más que un concepto, la eternidad fuera posible.


Ese año tuvo el otoño e invierno más soleados hasta la fecha, o al menos así era para él. El brillo esmeralda fue fusionándose con la llama de su pecho, haciendo que todo adquiriera un nuevo color. Por un tiempo cuanto tenia cobro más sentido, intento contagiar su entusiasmo a todo lo que le rodeaba, pero hay cuerpos opacos a los que les cuesta brillar. Y así ocurrió con Carolina, quien comenzó a mengua en el cielo ficticio de sus pensamientos, o más bien caberia decir que palideció frente ala estrella esmeralda que iluminaba su senda.

Ahora bien, Melina se convirtió en un viento de cambio, no porque ella se lo propusiera, sino porque le dio la fuerza suficiente como para creer en si mismo. Se convirtió en un cristal por el cual el mundo se veía distinto y él dejo de esconderse del mundo, dejo de desestimar lo que dictaba su propio sentir, entonces poco a poco la vida que llevaba hasta entonces le sabio a poco, y en su aventura de crecer encontrase con que había muchos equipajes que debían quedarse en el camino. Pero también el desenvolver su verdadero ser provoco sacar las telarañas que ocultaban heridas olvidadas. Guadalupe volvió a estar presente en su mente en cada momento, y el dolor del amor perdido nublo su capacidad de encontrar la verdad.

Solo cuando estaban juntos el encontraba la paz necesaria como para poder usar sus energías en avanzar un paso más. Por fortuna ella encontraba también un refugio entre sus palabras. Así comenzó el rito, donde sus almas fueron compartiéndose y sus seres volviéndose un poco más completos. Cada cosa fue tomado nuevos significados y entre ambos entretejieron un mundo solo comprensible para ellos, pero que estaban dispuestos a dar a conocer a aquellos que lo quisieran. Poco a poco sus mundos fueron fusionándose, pero lentamente sin prisas, dejando que la vida fluyera, que cada cosa llegara en su momento, así siempre lo decía ella: “hay un espacio y un tiempo para cada cosa” y eso se convirtió en un dogma para él.

Por entonces el comprendió que era el tiempo de retomar las riendas de su vida, de afrontar sus problemas y buscar el sentido de cada cosa. Entonces comenzó a desarmar el castillo de naipes. La primer carta en caer fue el as de corazones, su esposa Carolina.

Hace tiempo que entre ellos nada funcionaba, ambos escapaban en silencios, se refugiaban en la sombra de Elías, el retoño que su supuesto amor había engendrado. Pero entonces, el salio a buscarla, primero intentando hacerla parte de su mundo, compartiendo su nuevo ser, su felicidad y sus anhelos para el futuro. Pero para Carolina los cambios significaban miedos, crecer una maldición y el mundo algo tan lejano que no deseaba verlo. Era una princesa de cuento y él debía ser su príncipe eternamente dispuesto a rescatarla, servirle y adorarla sin alteración alguna, jamás había comprendido que los cuentos de hadas son cuentos inconclusos cuyo final incierto y muchas veces no tan feliz, no nos fue develado con la finalidad de no traumar nuestra infancia.

Entonces él con todo el dolor que significa un fracaso tan grande como darse cuenta que uno se ha mentido durante tanto tiempo, y que la persona que creyó era su amor, no era más que una carta carente de significado, que solo servia para construir una torre de naipes que lo alejara de su tristeza. Pero tenia la fuerza y la paz que le daba día a día, en cada charla, en cada sonrisa, en cada abrazo que recibía de Melina y entonces le dijo la verdad a su esposa, le dijo que la vida era mucho más que tener una casa, que almorzar cada domingo en casa de sus suegros y poblar las paredes del living con fotos de una familia feliz. Le dijo lo que el esperaba de ella, lo que quería que ella comprendiera y sobre todo le dijo que solo podía amarla si ella estaba dispuesta a emprender su mismo camino. Aquella tarde, aquel domingo fatídico, Carolina uso la única herramienta que tenia para evitar que la vida real intentara irrumpir en su cuento de hadas. Se perdió en el misterioso mundo de las lagrimas, y amenazo con matarse si el la dejaba. El se encontró ante su primer encrucijada en la senda de su crecimiento y necesito toda la fuerza y la paz, por lo que acudió a Melina.

Lo que sucedió entonces no fue culpa de sus miedos a afrontar la soledad, ni el resultado de meses de abstinencia, sino más bien el resultado de dejarse llevar por primera vez por lo que dictaba su alma. Aquella noche, que aunque le costo admitirlo cambio su vida para siempre. Los astros estaban alineados correctamente, los elementos se había confabulado y los emisarios del destino ya no necesitaban empujar más sus senderos, pues hace tiempo que eran uno. Sin comprenderlo, sin esperarlo, sin buscarlo sus seres se fundieron en uno solo, como parte de un ritual que habían comenzado hace mucho tiempo atrás, más allá de sus recuerdos y sus vivencias actuales. Desde los tiempos antiguos, donde según la leyenda de Platón las ánimas se separaron en dos seres que se buscarían por la eternidad. Sus cuerpos encajaron perfectamente, sus esencias se acoplaron en una sola.

Pero el miedo, la culpa y otros falsos sentimientos que los seres sociales padecemos nos les permitió comprender lo que verdaderamente ocurrió. Sin embargo contra sus propios temores, su relación siguió creciendo, el ritual continuo realizándose, ya sin necesidad de la intervención del destino. Porque para quien ha conocido la plenitud de su ser, no existe otro anhelo que regresar a ese estado. De todas formas el camino aun depararía muchos más obstáculos antes de que ellos volvieran a ser uno definitivamente, más el hechizo ya había sido elaborado y no habría fuerza dentro de este mundo que lograra romperlo.